miércoles, 26 de noviembre de 2008

In memoriam. El pollito (y III)


Pollito, nuestro último encuentro fue quizás una de las experiencias mas horribles que he padecido en mi vida, tanto es así que hice firme propósito de no verte nunca mas, tal fue el sufrimiento que padecí aquella trágica noche.
Recuerdo, pollito, que nuestro último encuentro tuvo lugar aquel desgraciado Miércoles de Abril. Era la famosa feria de Sevilla, y yo, solo y sin nada que hacer me enfrentaba a una tarde solitaria y aburrida, cuando para mi desgracia recordé algo que alguien me comentó: Si uno pasea por las zonas aledañas a la feria de Abril donde hay mucho tránsito de personas, es posible encontrar dinero que, caído de los bolsillos de gente beoda va a parar al suelo, sobre todo monedas sueltas y algún que otro billete.
Cayó la noche en la ciudad, el cielo estaba algo nuboso aunque no amenazaba lluvia y entonces decidí pasear por una zona relativamente cercana a la feria, a ver si tenía suerte y a algún borracho se le había caído dinero. Tras recorrer a pie un largo trecho desde mi casa, comencé a recorrer calles de una zona aledaña a la feria, zona de tránsito denso de personas que, o bien acudían a la feria, o venían de ella. Lo cierto es que, a pesar de mirar el suelo por las aceras bordillos e incluso por zócalos de portales, con la buena suerte que tengo solo encontré mierdas de perro en abundancia, así que al doblar una esquina, empecé a contarlas para así entretenerme. Mi andar, triste y meditabundo, mirando al suelo, contrastaba con el de la gente que cantando, tocando palmas e incluso con copas de vino se topaban conmigo. Había contado ocho mierdas de perro, cuando una mano tocó mi hombro a la vez que oía una voz que me decía:
-Hola, muerto, ¿que es de tu vida?. Eras tu, pollito, con bastantes kilos de mas. Había pasado mucho desde aquella trágica cena en que coincidimos la ultima vez, así que los dos teníamos ganas de saber que había sido de nuestras gafadas vidas.
-¿A donde vas por aquí? Me preguntaste
Y tras indicarte que estaba solo, me dijiste que tu también, que habías salido a dar una vuelta, y por ello decidimos tomar algo en un bar y así saber de nuestros infortunios. Como vivías por la zona, no me sorprendí al ver que poseías profundos conocimientos sobre los bares del entorno, querías ir a uno de empanadas gallegas pero que estaba cerrado, después a uno de tortillitas de camarones que también estaba cerrado, y así nos acercábamos sin darnos cuenta a la feria, hasta llegar a un tercer bar que se encontraba lleno a rebosar. Fue cuando cometí un grave error, te dije que mejor tomábamos algo en la feria, pues tenía un carnet que me permitía acceder a una caseta, y tu desgraciadamente aceptaste.
Nada mas entrar en el recinto ferial, un negro presagio anunció la entrada de dos gafes redomados en la misma. Vimos a los bomberos con las sirenas puestas, ya que había un conato de incendio en una caseta, recuerdo que los dos nos miramos como diciendo ¿ya sabe todo el mundo que estamos aqui?
Cuando llegamos a la caseta y nos acomodamos, te indiqué que habías engordado mucho, y me comentaste que pesabas 132 kilos debido a una depresión que te causo obesidad mórbida. Yo te conté mis penas, mi fracaso personal y profesional, mientras pedimos una botella de tres cuartos de vino fino y una bandeja grande de pescaito frito. Y a continuación, pollito, me contaste las tuyas sin dejar de alimentarte y de beber. Tras terminar la carrera estuviste con ese abogado en su bufete cerca de un año, “a prueba” y nunca te pagó dinero ni sueldo alguno hasta que, harto de trabajar gratis, te fuiste intentando sin éxito entrar en esa caja de ahorros, y por fin encontraste trabajo en una compañía de seguros, aunque solo de administrativo. Ni que decir tiene, pollito, que con tu suerte te mandaron al departamento de siniestros, porque siniestros es lo único que ha habido en tu vida. Te esmeraste y esforzaste, tu condición de abogado te permitió especializarte en recursos judiciales defendiendo a tu compañía, con la esperanza puesta en que reconocieran tu titulación en un ascenso que se demoraba cada vez mas en el tiempo. Pero la vida de un gafe, es como su nombre indica, gafe. Tu padre cayó gravemente enfermo, y como era tu única familia tuviste que cuidarlo y trabajar simultáneamente, robándole horas al sueño. Aquella chica a la que enseñaste todos los aspectos legales de tu trabajo y que entró seis años después que tu en la empresa, consiguió el puesto de abogado por el que tanto luchaste, aprovechando el mes de vacaciones que tuviste que coger en una obligada estancia hospitalaria de tu padre.
A la vuelta de esas "vacaciones", con tu padre enfermo en casa, tu futuro profesional quedó truncado porque, como me dijiste, te encontraste a esa chica ocupando el puesto que tanto anhelabas. “Yo puse mi experiencia y ella puso sus tetas", me comentaste. Simultáneamente a todo ello, esa mujer con la que iniciaste un noviazgo, y a la que pediste ayuda para cuidar a tu padre te abandonó por un guardia civil con el que se fugó a Canarias, y nunca mejor dicho, ya que te lo dijo solo seis días antes de marcharse. Con este panorama, y enfrentado a esa chica que ahora era tu jefa, la empresa te envió al departamento de reclamaciones, a dar la cara frente a los clientes en un lugar sin ninguna relación con el mundo jurídico y donde el ascenso profesional era del todo imposible. La posterior muerte de tu padre, dejándote totalmente solo, el abandono de tu novia y por último el fracaso laboral hicieron que te diera por comer. Y mientras contabas esto, con los ojos tristes y algo húmedos podía comprobar como te zampabas toda la bandejita de pescado, y a la vez apurabas la botella de vino. Fue cuando me comentaste lo de la agresión cuando empecé a darme cuenta de que estabas un poco raro. “Aquel hombre que había simulado un robo para cobrar el seguro, se abalanzó sobre mi y me lanzo un gancho de izquierda, me caí de la silla de lo fuerte que me golpeo, era la gota que colmó el vaso”, me dijiste mientras tu nariz comenzaba a adquirir un tono rosáceo y esbozabas una extraña sonrisa. Después de ese suceso, te dieron la baja por depresión e intentaste, sin éxito, un cambio a otro departamento, a la vez que te presionaban para que te dieras de alta. Cuando me dijiste que tu vida era una mierda, de repente, sin venir a cuento te pusiste de pie y gritaste dirigiéndote a unas chicas que bailaban en el tablao:
-Oleeeee gitanaaaa macizaaaa guapaaa y empezaste a aplaudir alocadamente mientras tu rostro adquiría un tono que del rosa pasaba al rojo pasión. Baco, el Dios de los borrachos, había acudido en tu ayuda, haciéndote olvidar las penas aunque con sus trágicas consecuencias posteriores. Sin venir a cuento, brindaste por M. (un personaje famoso) porque decías que “te caía mal” y a continuación intentaste bailar, pero solo pudiste levantarte para volverte a caer con tu pesado cuerpo sobre la silla, mientras tu rostro, ya todo rojo, comenzaba a sudar copiosamente. Y fue entonces, ay, me acordare toda mi vida, cuando dijiste que “estabas mal” y apoyando tu cabeza en mi regazo sin darme tiempo a reaccionar echaste toda la papilla sobre mis pantalones, vómito mezcla de pescado frito y vino de olor y color repugnantes, poniéndome perdido ante el asombro de toda la concurrencia de la caseta. Con servilletas de papel intenté eliminar, ardua tarea, todos esos restos que habías vertido en mis pobres pantalones mientras que, tumbado en la silla, tu rostro había pasado del rojo pasión al blanco cadavérico.
-Ay….ay….decías con los ojos entornados hasta que, transcurrido un rato recobraste parcialmente la conciencia y el portero de la caseta me sugirió que te llevara a casa, dejando un buen charco de vómitos en la zona donde estuvimos, que los camareros se afanaban en quitar vertiendo serrín sobre ellos. Con mucha dificultad te pusiste de pie, torpemente, ayudado por mi cuerpo delgado y flacucho, y echado en mi hombro, yo con mis pantalones todo perdidos de vómitos, cogimos camino de la calle tras decirme que “podías solo” algo imposible pues apenas te tenías en pie. Despacio, muy despacio, apoyándonos en algunos postes que sujetan los farolillos, con tu cara desencajada y pálida, pudimos avanzar mientras que otro fatal hecho estaba tomando forma: Comenzaba a lloviznar, una lluvia fina cuyo frescor parecía que te sentaba bien, hasta que llegamos a esa avenida Ramón de Carranza, que la recordare toda la vida. El diluvio universal, se nos vino encima a cielo abierto, justo en mitad de la calle, y fué cuando flaqueamos los dos , totalmente calados hasta los huesos. Cuando no podia con tu peso y estabas a punto de caer, dos policías acudieron en nuestra ayuda, uno de ellos por fortuna te agarró del otro brazo, y así,conseguimos alcanzar un portal donde nos refugiamos de la copiosa lluvia, mientras nuestros pelos parecian las cataratas del Niágara del agua que corrían por nuestros rostros.
-Caballero, permanezca aquí que vamos a llamar a las asistencias, te dijo el policía, mientras pedía ayuda por radio.
Al cabo de un tiempo que se me hizo eterno, dos sombras con un maletín aparecieron corriendo bajo una cortina de agua. Eran de la cruz roja, y tras hacerte algunas preguntas, tomarte la tensión y mirarte con una linterna me dijeron que te llevara a tu casa y si te ponías peor que llamara a urgencias, que las ambulancias estaban ocupadas y que “se te estaba pasando”. Así, pudimos con dificultad pillar un taxi (que encima tuve que pagar yo, como todo lo que te comiste) y llevarte a tu casa, menos mal que por lo menos te sabias la dirección. A duras penas pudimos llegar al ascensor,y te metí en el piso donde nada mas llegar te desplomaste en el sofá. Aproveché la coyuntura para limpiarme los vómitos algo mejor, aunque estaba totalmente empapado y muerto de frío, y así, esperando que la lluvia cesara me dieron las seis y cuarto de la mañana mientras tu comenzaste a roncar a pierna suelta. Cuando te deje, seguías durmiendo en el sofa y encima protestaste porque te desperté para despedirme. Esa fue la última vez que te vi. Llegué a casa totalmente empapado y vomitado, ¡y eso que solo había salido a ver si encontraba dinero en el suelo!
El Viernes, solo dos días después, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando la televisión dió la noticia de la muerte de M. aquella persona por la que habías brindado sencillamente porque te caía mal. Era increíble, tu gafe era tan grande que te cargabas a la gente brindando por ella. Aquella misma noche caí enfermo, el medico me dijo que era un enfriamiento debido al diluvio que me cayó encima, tuve fiebre y así estuve una semana. Desde entonces me daba miedo tropezarme contigo y jure no volver a salir contigo nunca mas.
Pollito, te imagino aquel día de septiembre cuando saliste de tu casa a trabajar, o mejor dicho a recibir insultos y dar la cara por esa compañía de seguros que tan mal te trató. Te dirigías a tu trabajo cuando tu corazón, tan grande como tu mala suerte, se declaró en huelga permanente y caíste desplomado en la calle. Como un perro, estuviste tirado sobre el asfalto hasta que esa ambulancia te llevó directamente a esas cámaras frigoríficas donde depositan los cadáveres. Por casualidad me entere bastante tarde de tu muerte en la mas absoluta soledad.Y me dió mucha pena.
Me imagino a San Pedro, con su manojo de pesadas llaves saliendo a tu encuentro y con acento andaluz, decirte:
-quillo, ya esta bien de tanto zufri. Voy a abrirte las puertas der paraíso…, momento en que se le caen las pesadas llaves sobre el dedo gordo del pie, mientras tu te encoges de hombros y le dices que ha sido sin querer, que no lo puedes evitar.
Descansa en paz, pollito. Te recordare siempre.

5 comentarios:

Ferovic dijo...

Después de leerme las tres partes del pollito(me han encantado)estaré a la espera del siguiente capítulo de un gafe.
Un saludo

Anónimo dijo...

Joder se me han saltado dos lágrimones ¡es una injusticia lo más que trata la vida¡

Graciela Ventimiglia dijo...

Tu nick había sido lo que pensaba! desgraciado jeje. Te vi en mi blog y me vine pal tuyo.
Aclaro que soy las que ve el vaso medio lleno...en una de esas te contagio jaja
Saludos!!!

Toupeiro dijo...

A mi (mejor dicho: a mi "hermano" Pesimista Resentido), me llamaban Calimero, mejor dicho le llamaban a él, mi "hermano",¡que lio! por ser un quejica pesimista esgrasiao y gafe.

Gracias por tu comentario en el blog de mi "hermano".
Espero que no nos gafes demasiao

Yaiza dijo...

Me ha gustado y entristecido la historia, la vida misma.